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Cuando dormíamos abrazados todo cobraba un sentido primigenio, el cuerpo de Marie y el mío encajaban armoniosamente como un rompecabezas; nos movíamos en una extraña, lenta coreografía y en medio de la noche siempre un sicómoro o astromelias, siempre algo salado y fuerte, siempre algo tibio que no era nosotros; y después un vacío, una noche sin murmullos y después una cama vacía, una ventana que siempre daba al mar, un oleaje contra las rocas que me despertaba con el día


F.

 
Copyright 2010 Cartas de una mostra